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ARTE: NOSTALGIA E INCERTIDUMBRE

La XIV Bienal de Arquitectura de Venecia. Esta edición, dirigida por el holandés Rem Koolhaas, indaga la diferencia entre la uniformidad y la densificación de las ciudades actuales y la diversidad y la armonía que reinaban cien años atrás.

Por Fabio Grementieri

La potente y frágil Venecia, siempre invadida por el turismo, ha sido tomada este año por una nueva Bienal de Arquitectura. La primera se realizó en 1979 y contribuyó a la apoteosis del posmodernismo con la puesta en escena de la Strada Novissima, una calle armada por fachadas inspiradas en estilos del pasado realizadas por los arquitectos estrella del momento. Este año sólo reina un astro, el director Rem Koolhaas, el famoso diseñador nacido en Holanda, criado en Indonesia, formado en Nueva York, fascinado con Asia y de imponente trayectoria internacional.


Del país de los pólderes cultivables y del culto a la vivienda desembarca como zar de la bienal arquitectónica más importante, instalada en una ciudad archipiélago plagada de templos y palacios. Su propuesta no es presentar lo último de la moda, que es casi todo igual según sus propias palabras. Pretende indagar lo que pasó con la arquitectura en el último siglo, concentrándose en sus productos: edificios y ciudades. Y plantea la pregunta sobre cómo se ha llegado a los actuales resultados de uniformidad, densificación y ruptura, bien contrastantes con la diversidad, armonía y contextualismo de las urbes de un siglo atrás. De manera provocativa, Koolhaas abre el debate con imágenes de arquitectura alrededor del mundo en 1914, características de culturas nacionales, y las compara con otras de los polos urbanos desarrollados en estos últimos años: angustiantemente indiferenciados y prolijamente hostiles.


Koolhaas sostiene que todas las torres vidriadas del mundo son hoy similares y no pueden ser identificadas en términos de arquitectura nacional. Son hijas de la ingeniería y del diseño, ramas hipertrofiadas que se nutren casi exclusivamente de la tecnología y del marketing en una globalización "empoderada" por las finanzas transnacionales.

El curador se pregunta si se encontrará antídoto contra esta generalización implacable y postula que la mirada sobre la sociedad actual debe ser un primer paso crítico. Koolhaas parece intentar ser el "curador-gurú" de una enfermedad, la de la arquitectura del último medio siglo. Y lo intenta con esta bienal anatómica y epidemiológica denominada Fundamentals, compuesta por tres secciones: Elements of Architecture, Absorbing Modernity y Monditalia. La primera es catálogo, gabinete de curiosidades, disección de la anatomía de la arquitectura en la que se muestra la "evolución" de sus elementos esenciales: ventana, techo, pared, escalera, rampa? Elementos como respuestas a necesidades y funciones básicas del construir. El vocabulario universal que parece haberse quedado sin gramática, ergo, sin lenguaje. La segunda sección busca retratar cómo los distintos países "absorbieron" la modernidad en el último siglo o, mejor dicho, cómo la modernidad transformó la arquitectura, especialmente en la segunda mitad del siglo XX. Cada presentación se hace de manera diversa, desde la retrospectiva panorámica hasta el relato de experimentos o episodios destacados y originales. La tercera sección muestra la (casi eterna) circunstancia italiana de complejidades y contradicciones como ejemplo condensado de la situación universal actual. En ese collage de italianidad se intenta por primera vez reunir los festivales concurrentes de danza, teatro, cine y música con la arquitectura.


Koolhaas sostiene que quería proponer más una herramienta o un vehículo de investigación que una muestra. Y lo logra, pero más con una mirada de científico o de naturalista que de historiador o crítico. Con su habitual talento provocador, publicitario y efectista, propuso un show muy teórico, porque si mostrara la práctica sería tan aburrida como las ciudades que se construyen actualmente?


En esta bienal hay más preguntas que respuestas, aunque el curador afirma con resignación que el trabajo del arquitecto ha quedado reducido a un territorio periférico y bidimensional: los dos centímetros de espesor de las actuales fachadas-cortinas, el styling del packaging, el diseño del envase como marca. El resto del quehacer arquitectónico está en manos de los proveedores de insumos tecnológicos, las computadoras, los developers y el marketing. El antiguo director ya no comanda y, como en el cine, todo lo dominan los efectos especiales.

Resulta curioso que los protagonistas del último medio siglo de arquitectura, aquellos mentores de la angustiante situación actual, parecen extrañar los resultados de la arquitectura tradicional y lamentarse de los valores perdidos. Entre ellos, la escala y las proporciones, la composición y el manejo del lenguaje, el espacio como materia de trabajo primigenia. Pero también el valor de la historia como referencia o inspiración profunda. No como mercado de motivos del pasado fetichizados y transformados en commodities "marketinizadas" y comercializadas. Sino a la manera de todo lo que aprendieron y reelaboraron los maestros de la primera mitad del siglo XX, cuando aún la enseñanza de la arquitectura abrevaba en la historia aunque fuera para enfrentarla, nunca para transgredirla.


Es que el pasado, a la par de dar confianza y certezas, siempre estimula y provoca. Será por eso que Koolhaas -quien curiosamente mira al pasado en esta bienal- dice que la preservación del pasado nos está sobrepasando, que hay una obsesión que paraliza a los arquitectos y que todo se ha vuelto preservable. La realidad parece ser otra, ya que asistimos por un lado a una "disneylandización" de las ciudades históricas y a una "singapurización" del urbanismo contemporáneo. En ambos casos no hay lugar para la superposición de estratos ni para los claroscuros. Se imponen la eficacia autoritaria y la perfección angustiante.


La tensión, la sorpresa y la angustia retratadas en la bienal parecen sintetizarse en una imagen impactante. La de los megacruceros que navegan por el Canal Grande como cápsulas exploratorias, transformando la ciudad histórica en un inesperado set de filmación. La tecnología está creando naves para el aire, el agua y la tierra que se alejan perversamente de la cultura y de la naturaleza, dos esencias que retruenan tanto en la historia como en la ecología y que modificarán el camino aparentemente consolidado en el último siglo.