Museo Malba, Ciudad de Buenos Aires
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Museo Guggenheim, Bilbao
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Museo Tate Modern, Londres
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MUSEOLOGÍA V. PATRIMONIO

A fines del siglo XX crecieron los continentes hiperdiseñados que emulan la excitación ofrecida por un parque temático y terminan fagocitando las colecciones que albergan

Por Fabio Grementieri


El ya célebre Museo Guggenheim de Bilbao organizó recientemente un seminario para especialistas con el rótulo Museo del Tercer Milenio . Desde ese rutilante escenario firmado por Frank Gehry, Umberto Eco cometió el sacrilegio de sostener que, los museos, en especial los de arte, se han convertido en "lugares de peregrinación para curiosos que no comprenden lo que ven, destinados a un consumo rápido y donde los visitantes son en general atraídos más por el cascarón arquitectónico que por las pinturas o estatuas que albergan". Ya es un hecho que la "dictadura de la imagen" ha controlado la museología, afectando la valoración y la conservación del patrimonio.

El último y posmoderno cuarto del siglo XX pergeñó una nueva cultura museística, mediante operaciones culturales y educativas montadas sobre abrumadores operativos mediáticos y de marketing. La masificación, la tecnificación, la competitividad y la mercantilización del entretenimiento y el turismo, bajo el manto de una globalización creciente, cambiaron el tradicional concepto de museo. Esta secular institución sufrió transformaciones inéditas que la desacralizaron, a la vez que la transformaron en un icono cultural, afectando no sólo sus principios sino también, y fundamentalmente, a sus principales componentes tangibles: contenido y continente, es decir colecciones y edificios.

La conservación de las colecciones hubo de afrontar una nueva problemática, más allá de la inexorable degradación que el paso del tiempo provoca y que siempre se busca controlar y retrasar sobre bases científicas. Los desafíos crecientes derivan de las nuevas condiciones planteadas por la cultura de la sociedad de consumo: exhibiciones amplias y prolongadas, afluencias multitudinarias o inevitables itinerarios internacionales. Las soluciones parecen presentarse en sintonía con las teorías del desarrollo sustentable, donde los recursos, en este caso culturales, sean aprovechados y preservados de manera equilibrada.

Arquitectura ad-hoc

El manejo de la componente edilicia se ha perfilado como una cuestión más compleja. La ecuación forma-función se alejó del balanceado pragmatismo de las tradiciones de la arquitectura académica o del movimiento moderno que produjeron museos armoniosos. Por un lado se fue exacerbando un eficientismo múltiple, instaurándose la estética del "no lugar" y la métrica de la desmesura, regidas por las demandas del mercado del arte y del tráfico de visitantes respectivamente, a la manera de shoppings y aeropuertos.

Por otra parte se incentivó el expresionismo de piezas "de autor", proyectadas por las estrellas internacionales de la arquitectura. Así se consagró una avidez por continentes hiperdiseñados que emulan la excitación ofrecida por un parque temático, que buscan destronar al entretenimiento virtual y acaban fagocitando a las colecciones que albergan.

Eficientismo e imaginolatría afectaron a nuevos y viejos edificios diseñados o adaptados para museos. Particularmente conflictiva ha sido la irrupción de esta "nueva museística" en edificios de notable valor patrimonial. Así lo prueban muchos ejemplos de estas dos últimas décadas.

Santuarios e iconos

En la Francia pos-Malraux, la experiencia del Centro Pompidou abrió un camino, a través del diálogo por contraste entre una usina cultural y la ciudad histórica que la rodea. Esta tensión prosiguió en el caso del Museo de Orsay, que inauguró las grandes obras de intenso reciclaje de edificios históricos para sedes de museos, y donde se logró respetar, sin excesos, el patrimonio inmueble de la estación de estilo Beaux Arts, en buena sintonía con la revalorización integral del arte de la segunda mitad del siglo XIX que la operación museológica suponía. Esta escuela francesa continuó con la saga de fastuosos proyectos prohijados por François Mitterrand y coronados por el Grand Louvre, donde variadas desmesuras elevan al conjunto a la categoría de shopping cultural. Inglaterra miraba a través de la Mancha, al tiempo que intervenía dentro de su sutil y elegante tradición de maestros recicladores en proyectos como la ampliación de la Royal Academy of Arts, refinada intervención de arquitectura high-tech en el corazón de un edificio tardovictoriano. Poco después, los británicos se apartaron de esa respetuosa línea para abrazar otra, populista y mimética, como lo fue la respuesta del arquitecto norteamericano Robert Venturi para la histórica National Gallery, en Trafalgar Square, luego del escándalo por el cual el príncipe de Gales hizo cancelar un proyecto agresivo para el neoclásico edificio original.

En los últimos años, Londres, deseosa de rivalizar con París, se zambulle en la operación Millenium con dos obras que caracterizan la circunstancia actual: la Tate Modern y la remodelación del British Museum: el minimalismo que los suizos Herzog-De Meuron imprimieron a la nueva Tate congenia con el respeto de la carcaza de un edificio industrial de la década de 1920 y contrasta con el audaz y ecléctico criterio museólogico para la presentación de las colecciones. La ampliación del British Museum, en cambio, sacrificó demasiado. El traslado de la British Library a su nueva sede significó nuevo espacio para los tesoros del museo, pero a cambio de un vaciamiento físico y patrimonial excesivo. La famosa rotonda tapizada de libros donde Marx, Darwin, Orwell, Huxley y tantos otros ilustres lectores terminaron de pergeñar sus obras cumbre se ha transformado en una cáscara de utilería rodeada de un Great Court de diseño banal, cubierto por una claraboya gigante, capaz de albergar a masas de visitantes para que sacíen sus apetitos en los bares, boutiques y librerías que reemplazaron. El futuro dirá si el despojo fue peor de lo que sería una eventual partida de los frisos del Partenón.

Mercado y competencia

En Alemania y España, más descentralizadas, se desarrollaron museos de pequeña y media escala en edificios o entornos de valor patrimonial donde muchas veces participaron estrellas de la arquitectura contemporánea y en varios casos se consiguieron aceptables equilibrios entre museología y patrimonio. El acelerado europeísmo de los años noventa ha llevado a Berlín y a Madrid a competir con París y Londres.

La capital reunificada está ensayando una enorme reconversión de la Isla de los Museos en el centro del sector oriental. La operación está condicionada por la inclusión del conjunto en la Lista de Patrimonio Mundial, pero debe enfrentar el desafío del turismo de masas y se debe aguardar el resultado final.

Madrid resurgió como metrópoli y decidió poner manos a la obra en el Prado, donde no han terminado aún las discusiones desde que se comenzó a planear la renovación y ampliación del más armónico y seductor museo de Bellas Artes de Europa. El destino y la solución final, más o menos contaminada por la globalización, dependerán de cómo España sepa administrar su embriaguez desarrollista.

Italia sólo últimamente se animó a emprendimientos que intentan ordenar los aluviones humanos que tanto irritan a Umberto Eco. En los Uffizi o los Museos Vaticanos se desarrollaron meditados proyectos con propuestas de escaso impacto sobre el patrimonio monumental. En otros casos, como en la Galería Nazionale de Parma o el Palazzo Grassi en Venecia, las intervenciones se inscribieron en la tradición de la orfebrería museográfica de Carlo Scarpa.

Reflejos del Plata

Las nuevas tendencias también han prendido en la Argentina. y la relación museología-patrimonio presenta también diversas tensiones. Como equilibrio fecundo aparece la iniciativa para la remodelación y ampliación del Museo de Arte Moderno y del Cine de Buenos Aires, donde el proyecto propuesto por Emilio Ambasz enriquece el valor del conjunto edilicio existente y potencia el carácter del barrio histórico. Pero además constituye un importante aporte a la construcción del patrimonio futuro de la ciudad, que contará con una gran pieza de "autor", un muy buen ejemplo de arquitectura posmoderna y una obra de arquitectura para museos de última generación.

En el caso del Malba (Museo de Arte Latinoamericano), que tantas controversias desató últimamente, la ecuación colección-continente parece más que armónica y el edificio se perfila como de valor patrimonial innato por distintos motivos: la calidad asegurada en su proceso de diseño y la pertenencia del conjunto a la nueva cultura museológica.

La tensión se torna insostenible y se transforma en ruptura inaceptable en el caso del proyecto de reciclaje y ampliación del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, aún en suspenso. El bombardeo de los nuevos dogmas museológicos y de modelos como el Louvre u Orsay llevaron al desarrollo de un proyecto que aniquilaría el alto valor patrimonial del conjunto continente-contenido, de características únicas en el mundo. Parece conveniente repensar un proyecto que trate de emular en su "filosofía aplicada" operaciones de restauración y puesta en valor como lo efectuado recientemente en la catedral medieval de Poitiers.

Allí, los franceses, luego de una cuidadosa restauración de las fachadas, donde se encontraron muchos rastros de la policromía original que cubría todos los frentes, restituyeron el aspecto que ofrecía en la época medieval por medio de un sofisticado proyecto de iluminación nocturna que colorea cada sector de acuerdo con la paleta original. Resultado didáctico, agresión infinitesimal, reversibilidad máxima.

En La Plata es preciso optimizar los escasos recursos y potenciar la reversibilidad de la intervención. Hacerla lo más virtual posible, con hábil y sutil de las nuevas tecnologías de la imagen para establecer escenas varias y didácticas que permitan en distinos horarios a los visitantes recorrer un museo del siglo XIX, vivenciando y comprendiendo su espíritu, su atmósfera, y su mensaje museológico, u otro del siglo XXI, instruyéndose y entreteniéndose con un sinnúmero de efectos especiales que no deje huella física sobre el monumento. Una intervención así sería ejemplar y permitiría a la Argentina comenzar a encontrar una alternativa apropiada para la ecuación museología y patrimonio en tiempos de la globalización.