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Municipalidad Gonzalez Chávez
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LA CULTURA DEL CEMENTO

Por Fabio Grementieri

En la Argentina hay valiosos "sistemas patrimoniales" integrados por obras construidas con una misma estética, derivadas de una misma tecnología o diseñadas para una misma función. Es el caso del patrimonio art nouveau, del ferroviario o del escolar, por citar algunos grupos. Son muy pocos, en cambio, los casos de conjuntos patrimoniales notables compuestos por una gran cantidad de piezas erigidas por un solo proyectista. Entre ellos descuella la impresionante colección de edificios y espacios diseñados por Francisco Salamone en la Provincia de Buenos Aires, entre 1936 y 1940.

Hijo de un constructor italiano, Salamone nació en Sicilia en 1897 y arribó al país de pequeño. Estudió en el colegio Otto Krause y posteriormente se radicó en Córdoba; allí se recibió de ingeniero y arquitecto, realizó obras menores e intentó una carrera política en el Partido Radical. Su gran oportunidad llegó de la mano del autoritario Manuel Fresco, gobernador de Buenos Aires en la segunda mitad de los años treinta. Dentro del amplio plan de obras públicas de matriz keynesiana y fascista encarado por el caudillo conservador, Salamone construyó sedes municipales, plazas, mataderos y portales de cementerios en localidades de la mitad sudeste del territorio provincial. En sólo cuatro años desplegó una fantasía inagotable y una capacidad de trabajo frenética. Esta erupción de creatividad se extinguió en 1940, cuando Fresco dejó el poder y Salamone se instaló definitivamente en la ciudad de Buenos Aires. Hasta su muerte, en 1959, dirigió una empresa de pavimentación urbana y construyó apenas un par de edificios más.

Afortunadamente, este acervo fue redescubierto hace poco más de quince años y se está transformando en objeto de culto y circuito de peregrinación. Atentos a este fenómeno, la Municipalidad de Azul y el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires organizaron las Primeras Jornadas Salamone, que se realizan hasta mañana en Azul con el objetivo de profundizar el estudio de esa obra y generar conciencia sobre su preservación, puesta en valor y uso sustentable.

El insólito y magnético universo de las obras de Salamone está desperdigado por el lado sur de la cuenca del río Salado, un territorio respaldado por las sierras de Tandil y de la Ventania. Una comarca donde la pampa empieza a oler a Patagonia, donde cincuenta años antes del fenómeno Salamone corría la zanja de Alsina, proliferaban los fortines y los malones arrasaban más que el pampero.


Varias ciudades y pueblos, como Azul, Laprida, Pellegrini, Rauch, Carhué, Guaminí, Coronel Pringles y Tornquist, ostentan piezas de esta colección signada por un estilo indefinible. Es que Salamone, típico argentino del siglo XX, parece no tener prejuicios, ni políticos ni formales. Puede asimilar y combinar todo lo disponible en el supermercado europeo y americano: expresionismo alemán, futurismo italiano, decorativismo francés, neoplasticismo holandés, constructivismo ruso, efectismo hollywoodense. Las formas que en Europa expresaban aspiraciones artísticas, sociales, revolucionarias o reaccionarias, aquí licuaron sus significados y se transformaron en puro lenguaje "remasterizado". Inquietante condición preposmoderna, como tantas manifestaciones de la cultura argentina de la época.

El mítico suelo pampeano era fértil. Como en la botánica, todo podía brotar y florecer. Y Salamone era un jardinero desbocado, un alquimista especializado en transgénicos arquitectónicos fascinantes, especie de futurismo operístico en clave de itálica locuacidad. En la mentalidad argentina cabía un imperio europeo imaginario al que podía adosarse también Estados Unidos. Probablemente, he ahí la clave de la seducción que Salamone provocó en el espíritu nacionalista y megalómano de Fresco. Recorriendo sus obras, más allá de la irresistible y fotogénica atracción de formas y volúmenes, se encuentran referencias a muchos íconos de la modernidad. Los pórticos de los cementerios son modernos altares, pero también escenografías o emblemas de empresas cinematográficas. Imposible no asociar el portal del cementerio de Azul y su ciclópeo R.I.P. con el logo de la 20th Century Fox. Los mataderos parecen gabinetes de películas expresionistas donde los faenadores son aprendices del doctor Caligari. Y las sedes municipales, más allá de evocar el ancestral ayuntamiento con torre y reloj, parecen bases de operaciones, plataformas de despegue o palacios de películas de Flash Gordon.

En la placidez de ciudades y pueblos hechos de hierro y ladrillos, de alambrado y tierra, donde reinaba el estilo inglés ferroviario o el clasicismo de los albañiles italianos, las nuevas formas irrumpían cubiertas de la familiaridad del revoque símil piedra que, desde 1900, maquillaba las fachadas urbanas de cierta pretensión. Pero, además, el gran sustento de las obras de Salamone era el hormigón armado, esa mágica piedra líquida, disponible por la alquimia del cemento de las cercanas canteras de Olavarría, el agua pampeana y las armaduras de hierro. Este material y su desarrollo formal y tecnológico constituyeron toda una cultura arquitectónica en la Argentina de entreguerras, que produjo un rico patrimonio monumental: silos, caminos, puentes, tanques de agua, fábricas, usinas, frigoríficos.

Son los tiempos en que el auto y los caminos van reemplazando al ferrocarril. En los que el cemento sustituye al hierro. En los que el libro va siendo desplazado por la radio y el cine y la correspondencia, por el teléfono. La "felliniana" obra de Salamone se erige en la "era del cemento" en las pampas y descuella como la de Miguel Ángel en el Renacimiento. Brilla también dentro del panorama internacional del patrimonio art déco.

En estos días se analiza el futuro del patrimonio de Salamone tratando de aunar esfuerzos municipales, provinciales y nacionales. Es una gran oportunidad para demostrar que los argentinos podemos trabajar en equipo. Aunque, como en este caso, sea para abordar la obra de un individualista.