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EL SIGLO DE LA CONSTRUCCIÓN

En los últimos cien años, se consolidó gran parte del tesoro arquitectónico de la Argentina, un acervo material que vale tanto como la herencia intangible de los tiempos de la Independencia

Por Fabio Grementieri

El corto siglo XX que, según algunos historiadores, estaría enmarcado por los años de origen y cierre del socialismo en la Unión Soviética (1917-1989) fue capital para el desarrollo de diversos aspectos de la cultura argentina. Entre ellos, la conformación de su patrimonio arquitectónico en distintas dimensiones que van de lo simbólico a lo real, pero también rozan lo imaginario. En estos últimos 100 años se produce la cristalización de las visiones y apreciaciones del patrimonio nacional de diversos períodos, y se construye una buena parte del patrimonio más valioso del país.


El siglo XIX estalla con la Revolución de Mayo y la Independencia y se consagra con la épica libertadora, pero pronto se embrolla en las luchas intestinas y los caudillismos y se abroquela con el régimen rosista. La Generación del 37 va ensamblando las piezas para relanzar la nación con grandes aspiraciones de modernidad. Con los motores reencendidos por la Generación del 80, la Argentina alcanza su velocidad máxima en tiempos de los Centenarios, festejos celebratorios de proezas pasadas pero también de hazañas futuras que se consideraban regidas por un inextinguible progreso. La aceleración asombrosa se transforma rápidamente en inercia espasmódica, demasiado ramificada en contradictorias complejidades que anticipan los procesos de la posmodernidad. Situaciones inéditas se dan en esta parte del mundo aun antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Hacia 1900, los tiempos de la apoteosis del eclecticismo, éste es puesto en práctica en la Argentina de manera liberal y sin prejuicios, en medio de una época signada por el intenso intercambio de ideas, personas y productos, una internacionalización prefiguradora de la globalización. Esta sofisticación y cosmopolitización empapa la edilicia pública y privada de ciudades y pueblos, antiguos o recién fundados. Versiones de todos los estilos de la arquitectura occidental aparecen en construcciones de los más variados tipos y tamaños. De las urbes, pasando por los trazados de infraestructuras, a las necrópolis, la Argentina transforma su fisonomía arquitectónica y urbana. Así se constituye en un laboratorio excepcional de experimentos dentro del eclecticismo, tanto en el campo formal como en el constructivo, con ejemplares únicos en la evolución de la arquitectura occidental. Este fenómeno, visto en perspectiva, resulta una preciosa cantera de innumerables piezas del patrimonio de la Belle Époque .


Hacia el Centenario, el indomable torbellino arquitectónico se incrementa por la irrupción de varias escuelas del art nouveau y los desarrollos de las nuevas tecnologías del siglo XX que reemplazan la fuerza de la máquina de vapor por la energía eléctrica, los rieles por caminos y el hierro por el hormigón armado. En simultaneidad con un retorno al "orden" clásico liderado por la escuela francesa, aparecen las primeras reflexiones críticas sobre la heterogeneidad, la identidad y la nacionalidad. Inicialmente, las fugas retrospectivas son hacia la América indígena o la Colonia española. Poco después, ya en los años veinte, las esencias se buscan en la arcadia gauchesca. Y se construye en consecuencia, erigiendo el estilo neocolonial como una nueva opción dentro del menú eclecticista. Pero también se empiezan a valorizar y preservar los testimonios arqueológicos de las culturas precolombinas y las construcciones de la época colonial.


En 1940 se crea la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, que inicia una etapa de relevamiento, estudio y restauración de edificios y sitios de esas épocas con resultados concretos y tangibles: iglesias, conventos, cabildos, sitios de la Independencia se enaltecen para hacer más tangible el pasado y los orígenes de la patria.


La simplicidad de las arquitecturas coloniales y la añoranza de la austeridad campera inspiran la modernidad argentina, que continúa mirando desprejuiciadamente los desarrollos y modelos de la innovación europea. Aunque la pasión ornamental del inmigrante se moderniza y se dispersa como reguero de pólvora mediante el art déco que, en versión sudamericana, se declama tanto con la decadente elegancia europea como con la potencia kitsch estadounidense. En el medio, el racionalismo, el regionalismo y el monumentalismo conviven y se dividen las preferencias de los cultores de la modernidad, la nostalgia o el nacionalismo respectivamente. Estas tres alternativas servirán para equipar urbes y territorios con edificios singulares o series tipológicas en las épocas donde la construcción y la obra pública eran vistas como el motor para salir de la crisis y la recesión que seguirá al crac de 1929.


La tres posturas confluyen justo al terminar la Segunda Guerra Mundial y dan lugar al gran sincretismo peronista, esas articuladas masas funcionalistas de ladrillo, piedra y cal bien protegidas por el enorme techo justicialista de tejas rojas. Aunque bajo el mismo gobierno surge una segunda oleada de modernidad, identificada con el "Estilo Internacional", de frentes de acero y vidrio, que compartirá con el "brutalismo", de feroces masas de hormigón armado, la escena argentina por un cuarto de siglo. En ese contexto de búsqueda de nuevo rumbo del desarrollismo, signada por los chisporroteos del Sesquicentenario, comienza a impresionar la omnipresencia del patrimonio de la Belle ...poque y una nueva generación de estudiosos intenta comenzar a descifrar sus complejidades y valores. La conservación efectiva se demora, casi nunca se alcanza y se pierden innumerables piezas por todo el país, incluso obras únicas. El patrimonio de esa apoteosis argentina de varias décadas sigue sin ser consagrado ni preservado, pese a que representa una expresión tan genuina de la nacionalidad como el tango o la literatura borgeana.


Finalmente, en materia de arquitectura, el cierre del siglo XX y el inicio del XXI tienden a empalidecer frente a los excitantes experimentos de las décadas anteriores. Encabalgada en las frivolidades e ironías posmodernistas del hemisferio norte, la nueva arquitectura ya no interesa tanto, ya no conmociona. A menudo agrede el ambiente y se cultiva el "no lugar". Se rinde fácilmente al marketing y al packaging que la transforma en bien de consumo o contenedor antes que en hábitat o polis, la esencia primigenia de la arquitectura. Dentro de ese panorama, las propuestas más valiosas y atractivas hay que buscarlas en las provincias, en ciudades como Rosario o Mendoza.


En este contexto de espesa virtualidad, enaltecimiento de lo efímero y vaciamiento de significados, aparecen como revalidantes los fuertes reciclajes sobre arquitecturas que son verdadera "historia congelada en el espacio", aunque en general los resultados no son enaltecedores. En tiempos de los Bicentenarios, pareciera útil insistir en la reapreciación y conservación inteligente y afectuosa del patrimonio argentino de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, un potente acervo material, similar a la herencia intangible de los tiempos de la Independencia, dos estratos culturales que nos distinguen internacionalmente.