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DE BRASILIA A BUENOS AIRES

La arquitectura del siglo XIX y XX ha sido incluida en la Lista de Patrimonio de la Humanidad arbitrada por la Unesco

Por Fabio Grementieri

Desde hace más de dos mil años la humanidad intenta identificar y consagrar los mejores testimonios físicos del desarrollo de su cultura. Las siete maravillas del Mundo Antiguo, que fueron consignadas por primera vez en una guía de viajeros en el siglo II a.C., eran una selección de obras sacras y profanas, artísticas o utilitarias, representativas de diversas tradiciones y áreas de la civilización mediterránea y del Medio Oriente. A partir de entonces la selectividad basada en la excepcionalidad continuó siendo un criterio difundido para distinguir los más altos logros en variadas disciplinas. Esta práctica asociada a la rememoración de la historia y a la conservación de hitos físicos característicos de una cultura fructificó, a principios del siglo XIX, en la confección de listas de monumentos a nivel local y nacional, con la consiguiente institucionalización de la noción de patrimonio. A ello siguió la definición de varias teorías para su preservación, basadas en la ancestral noción de mantenimiento, que sólo alcanzaron una síntesis y una universalización en la segunda mitad del siglo XX. Y ha sido a partir de la consolidación de una "cultura del patrimonio" universal que ha surgido el concepto de Patrimonio Mundial y su lista de monumentos y sitios en los cinco continentes. La misma es el resultado de la puesta en práctica de la Convención de Patrimonio Mundial adoptada por la Unesco en su Conferencia General de noviembre de 1972 y que ha sido firmada por 162 países. Esta lista, constituida por una selección de monumentos y sitios culturales y naturales considerados de excepcional valor universal, busca reflejar y llamar la atención sobre la riqueza y diversidad del patrimonio a escala planetaria. En el campo de los bienes culturales la Lista de Patrimonio Mundial incluye testimonios tangibles de diferentes momentos en la historia de la humanidad dentro de un amplio espectro geográfico y temporal. Así dentro de los 529 lugares inscriptos se encuentran entre otros: las pirámides de Giza -únicas sobrevivientes de las "Siete Maravillas" originales- o la Gran Muralla China; Petra y el centro histórico de Damasco; el santuario neolítico de Stonehenge y la Acrópolis de Atenas, la Torre de Londres y las catedrales de Chartres y de Colonia; el Camino de Santiago; Venecia y el Vaticano; los centros históricos de Praga, Paris, Roma, Budapest, Cordoba, Estambul o San Petersburgo, los palacios de Versalles y de Schšnbrunn, El Escorial y La Alhambra, el distrito histórico de Quebec y el Hall de la Independencia Norteamericana en Filadelfia; la Habana Vieja, Chichen Itza, Machu Picchu y Tiahuanaco; Ouro Preto y Colonia del Sacramento, y el conjunto de misiones y estancias jesuíticas de la Argentina.

Dos siglos controversiales

La Lista de Patrimonio Mundial ha sido paulatinamente enriquecida con diversas manifestaciones del quehacer humano y de su impronta en el territorio, más allá de los tradicionales monumentos arquitectónicos y artísticos, ampliándose con ejemplos de construcciones vernáculas, obras civiles y de infraestructura, paisajes culturales e industriales. Pero desde el punto de vista temporal, en cambio, dicha lista apenas incluye una veintena de ejemplos de siglos XIX y XX. Resulta paradójico que los doscientos años que han producido mayor cantidad y variedad de patrimonio edificado se encuentren tan escasamente representados en esa selección internacional. Esto es fiel reflejo de lo que sucede también a nivel local o nacional, el patrimonio cultural inmueble de esos siglos continúa siendo el más inexplorado, aquel cuya valoración necesita ser impulsada y donde efectivas políticas de conservación deben ser desarrolladas. Así lo ha entendido el Centro de Patrimonio Mundial de la Unesco, que ha encarado un programa de trabajo para orientar el mejor conocimiento, la adecuada valoración y la preservación efectiva del patrimonio de los siglos XIX y XX y establecer los lineamientos para la inclusión de ejemplos en la Lista de Patrimonio de la Humanidad.

El patrimonio derivado de la acelerada y conflictiva evolución de la humanidad durante esos doscientos años, signados por extraordinarios cambios cientificos, técnicos, económicos y políticos, y por grandes desarrollos en el campo de la industrialización y de la democratización, es percibido de manera diversa por la crítica y por la historiografía, pero también por las sociedades que conviven con él. Buena parte de la producción cultural de ese período se inscribe dentro de las agudas tensiones entre tradición e innovación que se sucedieron en distintas disciplinas y en diversas regiones. En el campo artístico se impone en general la apreciación de la vanguardia en detrimento del academicismo. Pero si bien es innegable que audaces estructuras ingenieriles como la Torre Eiffel o el puente de Brooklyn en Nueva York son parte fundamental del patrimonio del siglo XIX, no es menos cierto que la Opera de París y otros monumentos del eclecticismo historicista son también altos y característicos exponentes del arte y la técnica de la época y conformaron un verdadero estilo internacional. Más aún, en muchos casos, este tipo de estructuras se transformaron en emblemas tangibles del surgimiento de modernos estados nacionales como en el caso del Reichstag (Palacio del Parlamento) en Berlín o el Monumento a Vittorio Emmanuelle II (a la Unidad de Italia) en Roma.

Asimismo, y de manera más controversial, no parece encontrar consenso aún el rango patrimonial que deben adquirir grandes piezas de arquitectura del siglo XX, derivadas del clasicismo y fuera de los grandes logros del Movimiento Moderno como la sede de la célebre escuela Bauhaus en Dessau, el Museo Guggenheim y el edificio Seagram en Nueva York o la obra completa de Le Corbusier. En el limbo esperan una definición los grandes monumentos de Washington de los años veinte y treinta o estupendas hibridaciones como el Rockefeller Center. Y en el purgatorio aguardan salir de la estigmatización las estructuras estalinistas de Moscú, las fascistas de Roma o las nazis de Alemania. En otro plano de la discusión, todavía resulta provocador establecer el sitial patrimonial que deben ocupar los más importantes monumentos construídos después de la Segunda Guerra Mundial entre los que se cuentan la Opera de Sydney o la sede del Banco de Londres en el distrito bancario de Buenos Aires. La discusión se torna aún más compleja cuando se evalúan estructuras de matriz occidental construídas en regiones que eran o habían sido dominios coloniales. Y en estos casos se sobrepasan las categorías estéticas y la dialéctica tradición- innovación para concentrarse sobre cuestiones histórico-políticas. Así, por ejemplo, la definitiva valorización de Nueva Delhi, capital imperial de la India diseñada antes de la Primera Guerra Mundial, o de la ciudad de Dacca en Bangladesh, trazada por el gran arquitecto norteamericano Louis Kahn a mediados del siglo XX, requieren de múltiples y cuidadosos análisis.

De Brasilia a Buenos Aires

La consagración del patrimonio de los siglos XIX y XX a nivel internacional enfrenta diversos desafíos. Más allá de la identificación de corrientes, categorías o conjuntos de monumentos y sitios representativos y de valor excepcional, parece prioritario asegurarse que no sólo se deben exaltar los hitos en el camino de la globalización y del "fin de la historia" sino además las diversas modernidades, la continuidad y vitalidad de diversas civilizaciones, la fusión entre diferentes culturas o las síntesis de variados modelos. Dentro de estas últimas premisas se inscribe el caso de la ciudad de Brasilia, incorporada a la Lista de Patrimonio Mundial en 1987. La moderna capital del Brasil, diseñada en 1956, es uno de los grandes hitos en la historia del urbanismo y la culminación de los ideales de la arquitectura moderna. Pero, además, es representativa de cierta tradición latinoamericana de síntesis cultural y emblema del empeño innovador y progresista de una nación. Idénticos valores comparte un conjunto de monumentos y sitios públicos y privados de la ciudad de Buenos Aires construidos alrededor de 1900. Paradójica suma de universalidades y resumen de particularidades este patrimonio es un verdadero ícono del formidable proceso de crecimiento de la Argentina del período y un muestrario estilístico y tipológico de diversas arquitecturas transculturadas de valor excepcional, que ninguna otra ciudad puede ostentar.

Brasilia y Buenos Aires son casos paralelos. Son emblemas del progreso y la pujanza de cada país, de la búsqueda de su identidad y proyección. Son además culminaciones en la evolución de la cultura arquitectónica y urbanística de los siglos XX y XIX respectivamente; realizaciones proyectadas y realizadas por la autónoma gestión de sus sociedades y dirigencia. Como pocos otros ejemplos ambas resumen, mediante asimilaciones y transformaciones y en la periferia de la civilización occidental, la evolución de dos movimientos claves de la materialización física de la modernidad: el academicismo y la vanguardia. Brasilia figura desde hace quince años en la Lista de Patrimonio Mundial. El conjunto monumental de Buenos Aires de 1900 también debería acceder a ese sitial, y figurar en las guías internacionales de viajeros del siglo XXI.