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ARTE: CAMBALACHE PORTEÑO

Como otras capitales del mundo, Buenos Aires necesita alternativas consensuadas a los principales problemas que plantea la protección de la cultura urbana y arquitectónica: qué preservar, qué destruir, qué construir y cómo hacerlo. El patchwork que caracteriza la identidad local contrasta con la voluntad de homogeneizar la ciudad.

Por Fabio Grementieri

La preservación del patrimonio arquitectónico y urbano se ha consolidado en esta última década como una variable fundamental en el desarrollo de las ciudades. Un fenómeno similar al que ocurrió con la conservación de la naturaleza, que tuvo su estallido en la década de 1970. En ambos casos son emergentes de la posmodernidad, que vino a desestabilizar los relatos y las certezas modernas.

En el devenir del patrimonio tangible e inmueble en todo el mundo concurren muchas variables con distintos actores en tensión que pujan por intereses generalmente encontrados. Pero cada ciudad, en especial las grandes metrópolis, tiene su problemática y su búsqueda de soluciones específicas.

Buenos Aires no escapa a los fenómenos globalizados. El dilema de fondo, en un sentido ecológico y territorial, es la disyuntiva entre crecimiento vertical y crecimiento horizontal. Concentración y densificación poblacional en tramas existentes o nuevas expansiones de las aglomeraciones urbanas. La primera requiere de mayor gasto energético, la segunda avanza y destruye suelos naturales, cultivables o incluso vírgenes. En términos porteños: Belgrano o Nordelta. El dilema no está resuelto y se ensayan todas las alternativas.


Quizá la respuesta más apropiada sea la densificación de zonas ya "verticalizadas" y la preservación de áreas con tejido más bajo y jardines. Esto requiere del establecimiento de jerarquías y grados de protección en materia patrimonial, surgido de consensos para conservar lo más valioso de la mejor manera posible. La responsabilidad fundamental es de la gestión pública -de los tres poderes del Estado- pero también deben concurrir los otros actores que tienen derechos y deberes: propietarios privados, desarrolladores e inversores, profesionales y empresas de la construcción, así como también ONG, vecinos, medios de comunicación y opinión pública.


Las preguntas principales son qué preservar y cómo hacerlo. Pero también debe plantearse qué destruir y cómo hacerlo. Y aún más: qué construir y cómo hacerlo. Cada grupo de actores asume su rol desde una postura casi fundamentalista aunque muchas veces contradictoria. El Estado, como director de orquesta, se erige en árbitro pero casi en forma exclusiva sobre las propiedades privadas; rara vez se autocontrola o lo hace de manera laxa, y el patrimonio bajo su jurisdicción sufre toda clase de tropelías.

El potente coro de la alianza de la industria de la construcción insiste con la renovación implacable, siguiendo un paradigma progresista ya muy desvencijado, y casi nunca vislumbra la capacidad de hacer buenos negocios conservando el patrimonio de manera creativa.


El público cada vez se sube más al escenario, en especial a través de heroicas ONG que interpelan tanto al Estado como a los privados. Y si bien lo hacen con respaldo judicial, en general no tienen voluntad de consensuar soluciones al sacralizar la preservación como una cruzada donde nada es demolible.

Esta actitud llevaría, según los actores del otro extremo que pretenden no conservar casi nada, a una preservación museológica que congelaría el necesario desarrollo y evolución de la ciudad. En general, estas asociaciones son muy admiradoras del patrimonio anterior a 1940 y son mucho menos sensibles al patrimonio moderno (Biblioteca Nacional por ejemplo). Además tienden a rechazar las construcciones de lenguaje vanguardista y muchas veces abogan por volver a construir con los estilos y calidades del pasado.


Por el lado del Estado y los especialistas en patrimonio, en cambio, se sostiene una preservación más crítica, sustentada en cartas internacionales de conservación de formato inspirado en la modernidad. Allí se establece una suerte de inapelable doctrina con rígidos postulados entre los que se encuentran el repudio del "fachadismo" (el mantenimiento del frente y la demolición del resto) o la prohibición del "falso histórico" (construcciones en estilo similar al original). Este sector suele ser menos sensible al patrimonio anterior a 1940 y aprecia más el patrimonio moderno, al que considera una inspiración para la arquitectura actual. Prueba de ello es la campaña de revalorización de muchos edificios de mediados del siglo XX por parte del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo.

¿Innovación o tradición?

Ambas posturas respecto de la valoración y preservación del patrimonio urbano se inscriben en tendencias similares ejemplificadas en todo el mundo por las pugnas y debates entre dos posturas opuestas. Por un lado, los arquitectos estrella, ganadores de premios Pritzker y defensores de la innovación como Rem Koolhaas, curador de la actual Bienal de Arquitectura de Venecia y autor de libros como La preservación nos lleva la delantera; o Norman Foster, incisivo reciclador de monumentos como el Museo Británico en Londres o la Biblioteca Pública de Nueva York. Por el otro, los príncipes de la conservación como Carlos de Inglaterra -defensor de la slow-life arquitectónica- y el arquitecto Léon Krier, gurú de la arquitectura tradicionalista y del "nuevo urbanismo antimoderno", inspirador de los premios Driehaus.

De todas maneras, pareciera que más allá de los "grandes relatos" de la dialéctica entre preservación y creación, las diversas ciudades pueden y deben definir su propia dinámica de renovación y conservación.

Buenos Aires presenta rasgos particulares asociados con su historia y morfología urbana, su organización política y su dinámica económica y social. Una de sus características fundamentales es que posee uno de los tejidos más heterogéneos del mundo, construido sobre una trama vial seudorregular, con divisiones parcelarias implacables que determinan un laberinto tridimensional escalonado de fachadas y medianeras.

Dentro de esa complejidad coexisten, yuxtapuestas y en tensión, sofisticadas obras monumentales, arquitectura de calidad de diseño y meras construcciones utilitarias. Esto plantea desafíos adicionales a la preservación, casi ligados a cuestiones de estética urbana que se suman a otros como la compatibilización de los intereses públicos con los privados. Es decir, la restricción del dominio pero al mismo tiempo la definición de alternativas de desarrollo que hagan sustentable la conservación del patrimonio.

Para solucionar ambas cuestiones es necesario determinar cuál es el valor, no sólo de cada edificio en relación con el entorno y su desarrollo, sino también de cada parte según la integridad y autenticidad que conserva siguiendo las recomendaciones de la Unesco en materia de preservación del patrimonio.

Sobre esta base comienzan a aparecer las posibles alternativas sustentables para la preservación de la ciudad de Buenos Aires. Que admiten crecimientos de diverso tipo, aparentemente extravagantes para quienes abogan por una ciudad de escala y tejido urbanos homogéneos y coherentes que nunca existió, salvo en algunos casos como las diagonales o sectores de barrios aislados. Deberían ser bienvenidas las nuevas intervenciones sobrepuestas, adosadas, imbricadas en estructuras preexistentes. Y no temerle a la conservación de sectores adecuadamente seleccionados.

La clave para el éxito de este tipo de intervenciones está en que éstas sean controladas en forma interactiva por los organismos de gestión urbana de la ciudad por un lado, y que los diseñadores encuentren en los edificios preexistentes estímulos para la creatividad de nuevas piezas que enriquezcan el patrimonio. No debería asustar tampoco la inserción de osadías arquitectónicas -formales y estilísticas- dentro de entornos consagrados como de protección histórica.

La nueva arquitectura porteña de las tres últimas décadas es notablemente aburrida. Y la ciudad tiene una gran tradición de desprejuicio y divertimento, complejidad y contradicción, eclecticismo y heterodoxia. Ni azarosos ni arbitrarios, el collage, el pastiche y el patchwork son parte de la cultura arquitectónica y urbana de Buenos Aires. Son su alma y su cuerpo. Lo que le infundió su cosmopolitismo, su "metropolitaneidad", su cualidad de capital de una periferia universal. Los porteños se merecen una preservación más creativa.